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Una-tierra-prometida (1)

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preservar el paisaje inmaculado y conservar la fauna silvestre eran lujos que

solo los occidentales podían permitirse.

«No se pueden salvar árboles ignorando a las personas», solía decir mi

madre.

Esa idea —que para muchas personas solo entraba en juego la

preocupación por el medioambiente una vez que sus necesidades materiales

estaban cubiertas— se me quedó grabada. Años más tarde, cuando era

trabajador comunitario, contribuí a movilizar a los habitantes de unas

viviendas de protección oficial para que hicieran presión hasta conseguir

que retiraran el amianto de su barrio; en la Asamblea estatal, era un «verde»

lo suficientemente de fiar como para que la League of Conservation Voters

me diese su apoyo cuando me presenté al Senado. Ya en el Capitolio,

critiqué los intentos de la Administración Bush de debilitar varias leyes

anticontaminación y abanderé los esfuerzos por preservar los Grandes

Lagos. Pero en ningún momento en toda mi carrera política había hecho de

las cuestiones medioambientales mi tarjeta de visita. No porque no las

considerase importantes, sino porque para mis potenciales votantes, muchos

de los cuales pertenecían a la clase trabajadora, la mala calidad del aire o

los vertidos industriales ocupaban un lugar secundario frente a la necesidad

de tener mejores viviendas, educación, sanidad y puestos de trabajo.

Siempre pensé que otra persona podría preocuparse por los árboles.

Pero la realidad cada vez más ominosa del cambio climático me obligó a

cambiar de perspectiva.

Parecía que el pronóstico empeoraba cada año, a medida que una nube de

dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero —procedentes de

las centrales eléctricas, las fábricas, los coches, los camiones, los aviones,

las granjas de ganadería intensiva, la deforestación y todos los demás

elementos característicos del crecimiento y la modernización— no dejaba

de crecer y contribuía a las temperaturas récord. Para cuando presenté mi

candidatura a la presidencia, el evidente consenso entre los científicos era

que, salvo que se adoptasen medidas contundentes y coordinadas a escala

internacional para reducir las emisiones, la temperatura global estaba

abocada a aumentar dos grados Celsius en unas pocas décadas. Una vez

superado ese punto, el planeta podría experimentar una aceleración del

deshielo de los casquetes polares, de la subida del nivel de las aguas y de

los eventos meteorológicos extremos de la que no habría vuelta atrás.

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