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Ready Player One - Ernest Cline

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pronto encontré algo en lo que merecía la pena meterse de lleno. Un sueño digno de

ser perseguido. Durante aquellos últimos cinco años, La Cacería me había marcado

una meta, un objetivo. Algo que buscar. Alguna razón para levantarme por las

mañanas. Y, lo más importante de todo, algo por lo que mantener alguna esperanza.

Desde que empecé a buscar el Huevo, el futuro dejó de parecerme tan negro.

Iba por la mitad del cuarto episodio de mi minimaratón de Enredos de Familia

cuando la puerta del cuartito de la lavadora se abrió con un chirrido y entró mi tía

Alice —una arpía desnutrida cubierta con una bata de estar por casa— aferrada a una

cesta de ropa sucia. Parecía más despierta que otras veces, lo que no auguraba nada

bueno. Cuando estaba colocada resultaba más fácil tratar.

Me miró con su cara de desprecio habitual y empezó a meter la ropa en la

lavadora. Pero su gesto cambió de pronto y asomó la cabeza por encima de la

secadora para verme mejor. Abrió mucho los ojos al fijarse en mi portátil. Yo lo cerré

al momento y quise guardarlo en la mochila. Pero sabía que era demasiado tarde.

—¡Dámelo, Wade! —me ordenó, alargando la mano para quitármelo—. Puedo

empeñarlo y nos ayudará a pagar el alquiler.

—¡No! —exclamé, apartándome—. Por favor, tía Alice. Lo necesito para el

colegio.

—Tú lo que necesitas es demostrarme algo de agradecimiento —me soltó—.

Todos los que viven aquí tienen que pagar el alquiler. Estoy cansada de que me

chupes la sangre.

—Te quedas con mis vales de comida. Con eso pago mi parte con creces.

—Y una mierda.

Ella intentó una vez más arrebatarme el portátil de las manos, pero yo me negaba

a soltarlo. Entonces se dio vuelta de pronto y salió disparada en dirección a su cuarto.

Yo sabía lo que venía a continuación, y activé una función en el portátil que

bloqueaba el teclado y borraba el disco duro.

Segundos después regresó con su novio Rick, que seguía medio dormido. Rick

iba siempre con el pecho descubierto; le encantaba lucir su impresionante colección

de tatuajes carcelarios. Sin mediar palabra, levantó un puño para amenazarme y yo

me cagué y le entregué el ordenador. Acto seguido, Alice y él salieron del cuarto de

la lavadora examinando ya la pieza y hablando de lo que les darían por ella en la casa

de empeños.

Perder un ordenador portátil no era tan grave. Tenía dos más en mi escondite.

Pero no eran ni de lejos tan rápidos y tendría que cargar las copias de seguridad de

todas mis cosas. Menudo palo. En fin, era culpa mía. Sabía que me arriesgaba

llevando cualquier cosa de valor allí.

La luz azulada del amanecer empezaba a colarse por el ventanuco del cuarto de la

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