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Ready Player One - Ernest Cline

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nuestro equipo de vigilancia, la última vez que se te vio entrar en la caravana de tu tía

fue hace tres días, y desde entonces no has salido de ella. Lo que significa que ahí

sigues.

Tras él se abrió una ventana de vídeo que mostraba una imagen en directo de las

Torres, donde yo vivía. Se trataba de una toma aérea, filmada tal vez desde un avión,

o desde un satélite. Desde ese ángulo sólo podían monitorizar los dos accesos

principales, y no me habían visto salir a través del ventanuco del cuarto de la

lavadora todas las mañanas, ni regresar por él todas las noches. En realidad, no sabían

que en ese momento yo me encontraba en mi guarida.

—Ahí lo tienes —dijo Sorrento. Su tono exageradamente amable,

condescendiente, había regresado—. Hazme caso, deberías salir un poco más, Wade.

No es saludable pasar tanto tiempo encerrado en casa.

La imagen aumentó varias veces, y el zoom se concentró en la caravana de mi tía.

Segundos después pasó a operar en modo de imágenes térmicas y distinguí el perfil

resplandeciente de más de doce personas, niños y adultos, que estaban sentados en su

interior. Casi todos ellos aparecían inmóviles, pues probablemente estuvieran

conectados a Oasis.

Mi asombro era tal que me quedé sin habla. ¿Cómo me habían localizado? En

teoría, era imposible que nadie accediera a la información de las cuentas de Oasis. Y,

además, mi dirección no figuraba siquiera en la mía. No tenías por qué facilitarla

cuando creabas tu avatar. Con el nombre y la huella de retina bastaba. ¿Entonces?

¿Cómo habían averiguado dónde vivía?

No sabía cómo, pero habían debido de tener acceso a mis datos escolares.

—Es posible que tu primer impulso, ahora mismo, sea desconectarte y salir

corriendo —continuó Sorrento—. Te ruego que no cometas ese error. En realidad, tu

caravana está rodeada de gran cantidad de explosivos de mucha potencia. —Se sacó

del bolsillo algo que parecía un mando a distancia y me lo mostró—. Y tengo el dedo

sobre el detonador. Si te desconectas de esta sesión de chatlink, morirás en cuestión

de segundos. ¿Entiende usted lo que le digo, señor Watts?

Asentí despacio, intentando desesperadamente calibrar la situación.

Era un farol. Tenía que serlo. Y aunque no lo fuera, él no sabía que yo me

encontraba en realidad a casi un kilómetro de distancia, en mi guarida. Sorrento

suponía que uno de aquellos contornos de colores resplandecientes que aparecía en la

imagen era yo.

Si estallaba una bomba en la caravana de mi tía, yo estaría seguro donde me

encontraba, debajo de todos aquellos coches amontonados. ¿No? Además, no iban a

matar a todas aquellas personas sólo para alcanzarme a mí.

—¿Cómo…? —Fue todo lo que logré articular.

—¿Que cómo hemos sabido quién eres? ¿Dónde vives? —sonrió—. La cagaste tú

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