09. Preludio a la Fundación

La historia comienza con la llegada de Hari Seldon al planeta-ciudad de Trántor desde su planeta natal, Helicón, para asistir a una Convención de Matemáticos. Allí se verá envuelto en un conflicto entre el alcalde de Wye, un Sector de Trántor, y el Emperador Galáctico Cleón I. Ambos quieren apoderarse de la psicohistoria que Seldon ha intuido que se puede desarrollar a partir de ciertas formulaciones matemáticas puramente teóricas. Así, se ve forzado a huir por varios Sectores del planeta Trántor (capital del Imperio Galáctico), en las que entra en contacto con las leyendas sobre la Tierra y los robots. La historia comienza con la llegada de Hari Seldon al planeta-ciudad de Trántor desde su planeta natal, Helicón, para asistir a una Convención de Matemáticos. Allí se verá envuelto en un conflicto entre el alcalde de Wye, un Sector de Trántor, y el Emperador Galáctico Cleón I. Ambos quieren apoderarse de la psicohistoria que Seldon ha intuido que se puede desarrollar a partir de ciertas formulaciones matemáticas puramente teóricas. Así, se ve forzado a huir por varios Sectores del planeta Trántor (capital del Imperio Galáctico), en las que entra en contacto con las leyendas sobre la Tierra y los robots.

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Tu conoces este mundo. Yo no. —Estarás con otros que lo conocen, que conocen esta parte de él, en realidad incluso mejor que yo. Por lo que a mí se refiere, debo irme. He estado contigo todo el día y no me atrevo a abandonar mi propia vida por más tiempo. No se debe llamar demasiado la atención; recuerdo que también yo tengo mis propias inseguridades, como tú las tuyas. Seldon se ruborizó. —Tienes razón. No puedo permitir que te pongas indefinidamente en peligro por mi causa. Espero no haber causado ya tu ruina. —¿Quién sabe? —observó Hummin fríamente—. Vivimos tiempos peligrosos. Sólo debes recordar que si alguien puede hacer más seguros los tiempos, si no para nosotros, al menos para aquellos que nos sigan más tarde, eres tú. Haz que esta idea sea tu fuerza motriz, Seldon. 17 Seldon no pudo conciliar el sueño. Se revolvió en la cama, a oscuras, pensando. Jamás se había sentido tan solo, o tan desamparado, como después de que Hummin inclinase la cabeza, estrechase su mano rápidamente y lo dejase. Ahora, se encontraba en un mundo extraño..., en una parte extraña de este mundo, sin la única persona que podía considerar un amigo (y todo ello en menos de un día), sin tener ni la menor idea de adonde ir o qué hacer al día siguiente o en cualquier momento del futuro. Desde luego, nada de eso le conducía al sueño, y para cuando decidió, desesperadamente, que no dormiría aquella noche o quizá jamás, el cansancio lo venció... Cuando despertó, aún era de noche, o no del todo, porque a través de la habitación vio una luz roja que lanzaba un brillo intermitente acompañado de un fuerte zumbido. Era indudable que eso le había despertado. Mientras intentaba recordar dónde se encontraba y trataba de encontrar algún sentido a los limitados mensajes que sus sentidos captaban, la luz y el zumbido cesaron, y percibió unas palmadas perentorias. Supuso que las palmadas sonaban en la puerta, mas no recordaba dónde se encontraba ésta. También supuso que debería hacer un interruptor que iluminara la estancia, pero tampoco recordaba dónde se hallaba. Se incorporó en la cama y tanteó la pared, a su izquierda, desesperadamente, mientras gritaba: —Un momento, por favor. Al fin encontró el interruptor y lo oprimió; la habitación se inundó de luz suave. Saltó de la cama, parpadeando, en busca de la puerta. Cuando la encontró se dispuso a abrirla, pero, en el último instante, recordó la prudencia. —¿Quién es? —preguntó con voz seca y decidida. —Mi nombre es Dors Venabili —respondió una dulce voz femenina—, y he venido a ver al doctor Hari Seldon. Mientras oía estas palabras, vio a una mujer de pie delante de la puerta sin que ésta hubiera llegado a abrirse. Por un momento, Hari Seldon la miró sorprendido y, de pronto, se dio cuenta de que sólo llevaba puesta una pieza de ropa interior. Lanzó una exclamación ahogada y corrió hacia la cama; únicamente entonces comprendió que lo que tenía delante era una holografía. Carecía del perfil real y se hizo patente que la mujer no lo miraba. Se mostraba como identificación nada más. Seldon se detuvo, respiró hondo y alzó la voz para que se le oyera a través de la puerta. —Si espera un poco me reuniré con usted —dijo—. Deme..., pongamos media hora. La mujer, o en todo caso la holografía, concedió: —Esperaré. —Y se desvaneció. No había ducha y, en su lugar, utilizó la esponja, llenando de agua el suelo de losetas del rincón del lavabo. Había pasta de dientes, pero no cepillo, así que se los limpió con el dedo. No tenía otra opción que volver a ponerse las ropas que llevaba el día anterior. Por fin, abrió la puerta. Al hacerlo, se dio cuenta de que ella no se había identificado en realidad. Se había limitado a darle un nombre y Hummin no le había advertido respecto a quién esperar, si iba a ser esa Dors, o alguien más. Se había sentido seguro porque la holografía era la de una joven de aspecto agradable, pero, ¿cómo podía saber si detrás de ella había una docena de muchachos hostiles? Observó, cauteloso, y no vio más que a la mujer, sólo entonces abrió la puerta del todo para permitirle la entrada. De inmediato cerró con llave.

—Perdóneme —le dijo—. ¿Qué hora es? —Las nueve. El día ha comenzado hace rato. Por lo que se refería a la hora oficial, Trantor seguía la galáctica, porque sólo así podía encajar con el comercio interestelar y los negocios gubernamentales. No obstante, cada mundo tenía, además, su horario local y Seldon no se había acostumbrado tanto como para sentirse cómodo con las referencias horarias trantorianas. —¿Media mañana? —sugirió. —Por supuesto. —Esta habitación no tiene ventanas —dijo él, a la defensiva. Dors se acercó a la cama, alargó la mano y oprimió un pequeño botón oscuro en la pared. En el techo, exactamente por encima de su almohada, aparecieron unos números rojos: 0903. Ella sonrió, sin la menor superioridad. —Cuánto lo siento —se excusó—, pero supuse que Chetter Hummin le habría dicho que vendría a buscarle a las nueve. Lo que le ocurre es que está tan acostumbrado a saberlo todo que suele olvidarse que los demás, a veces, no saben tanto... Yo no debí utilizar la identificación radiholográfica. Imagino que no la tienen en Helicón y es posible que le haya alarmado a usted. Seldon se tranquilizó. La joven parecía natural y amistosa y la referencia a Hummin le hizo sentirse seguro. —Está equivocada respecto a Helicón —le advirtió—, Miss... —Por favor, llámeme Dors. —Está equivocado respecto de Helicón, Dors. Tenemos radiholografía, pero nunca he podido permitirme el lujo de un equipo. Ni nadie que yo conozca, así que carezco de experiencia en ese campo. Sin embargo, no tardé en darme cuenta de lo que era. Seldon la observó. No muy alta, tenía la talla normal en una mujer. Su cabello era rubio rojizo, no demasiado intenso, y lo peinaba en rizos cortos pegados a la cabeza (había visto varias mujeres en Trantor con el cabello arreglado así. Por lo visto, se trataba de una moda local, de la que se habrían reído en Helicón). No podía decirse que fuera una belleza despampanante, aunque resultaba agradable a la vista, ayudada además por una boca de labios gordezuelos que esbozaban un gesto humorístico. Esbelta y bien formada, parecía muy joven. (Demasiado joven, pensó con inquietud, para serle útil.) —Qué, ¿apruebo el examen? —preguntó ella, que parecía poseer, al igual que Hummin, el don de adivinar los pensamientos, se dijo Seldon, o quizás era que a él le faltaba la habilidad de disimularlos. —Lo siento —se excusó—. Parece como si la estudiara pero, en realidad, la estaba evaluando. Me encuentro en un lugar extraño. No conozco a nadie, y no tengo amigos. —Por favor, doctor Seldon, considéreme una amiga. Mr. Hummin me ha encargado que me ocupe de usted. —Puede que sea demasiado joven para ese encargo. —Descubrirá que no lo soy. —Bueno, me esforzaré por darle el menor trabajo posible. ¿Puede, por favor, repetirme su nombre? —Dors Venabili. —Deletreó el apellido y pronunció la segunda sílaba con fuerza—. Por favor, como ya te he dicho, llámame Dors y si no tienes algo que objetar, te llamaré Hari. Aquí, en la Universidad, somos bastante informales, y hay un esfuerzo por parte de todos por olvidar nuestro status, ya sea heredado o profesional. —No tengo el menor inconveniente en que me llames Hari. —Bien. Me dejaré de formalismos. Por ejemplo, el instinto de la formalidad, si es que existe, me obliga a pedirte permiso para sentarme. Prescindiendo de él, me limitaré a hacerlo. Y se acomodó en la única silla que había. Seldon se aclala garganta. —Parece claro que no estoy en posesión de mis facultades habituales. Debí haberte pedido que te sentaras. —Y se dejó caer sobre su arrugada cama deseando haber tenido tiempo para estirarla un poco..., pero ella lo había cogido por sorpresa. —Bien, esto es lo que vamos a hacer —dijo Dors, amable—. Primero, Hari, iremos a desayunar a uno de los cafés de la Universidad. Luego, te conseguiré una habitación en una de las residencias... Una habitación mejor que ésta. Hummin me ha encargado que te proporcione una tarjeta de crédito a su nombre, pero me llevará un par de días conseguirla de la burocracia universitaria. Hasta ese momento, me haré responsable de tus gastos y podrás

Tu conoces este mundo. Yo no.<br />

—Estarás con otros que lo conocen, que conocen esta parte de él, en realidad incluso mejor<br />

que yo. Por lo que a mí se refiere, debo irme. He estado contigo todo el día y no me atrevo a<br />

abandonar mi propia vida por más tiempo. No se debe l<strong>la</strong>mar demasiado <strong>la</strong> atención; recuerdo<br />

que también yo tengo mis propias inseguridades, como tú <strong>la</strong>s tuyas.<br />

Seldon se ruborizó.<br />

—Tienes razón. No puedo permitir que te pongas indefinidamente en peligro por mi causa.<br />

Espero no haber causado ya tu ruina.<br />

—¿Quién sabe? —observó Hummin fríamente—. Vivimos tiempos peligrosos. Sólo debes recordar<br />

que si alguien puede hacer más seguros los tiempos, si no para nosotros, al menos para<br />

aquellos que nos sigan más tarde, eres tú. Haz que esta idea sea tu fuerza motriz, Seldon.<br />

17<br />

Seldon no pudo conciliar el sueño. Se revolvió en <strong>la</strong> cama, a oscuras, pensando. Jamás se<br />

había sentido tan solo, o tan desamparado, como después de que Hummin inclinase <strong>la</strong> cabeza,<br />

estrechase su mano rápidamente y lo dejase. Ahora, se encontraba en un mundo extraño..., en<br />

una parte extraña de este mundo, sin <strong>la</strong> única persona que podía considerar un amigo (y todo<br />

ello en menos de un día), sin tener ni <strong>la</strong> menor idea de adonde ir o qué hacer al día siguiente<br />

o en cualquier momento del futuro.<br />

Desde luego, nada de eso le conducía al sueño, y para cuando decidió, desesperadamente, que no<br />

dormiría aquel<strong>la</strong> noche o quizá jamás, el cansancio lo venció...<br />

Cuando despertó, aún era de noche, o no del todo, porque a través de <strong>la</strong> habitación vio una luz<br />

roja que <strong>la</strong>nzaba un brillo intermitente acompañado de un fuerte zumbido. Era indudable que<br />

eso le había despertado.<br />

Mientras intentaba recordar dónde se encontraba y trataba de encontrar algún sentido a los<br />

limitados mensajes que sus sentidos captaban, <strong>la</strong> luz y el zumbido cesaron, y percibió unas<br />

palmadas perentorias.<br />

Supuso que <strong>la</strong>s palmadas sonaban en <strong>la</strong> puerta, mas no recordaba dónde se encontraba ésta.<br />

También supuso que debería hacer un interruptor que iluminara <strong>la</strong> estancia, pero tampoco<br />

recordaba dónde se hal<strong>la</strong>ba. Se incorporó en <strong>la</strong> cama y tanteó <strong>la</strong> pared, a su izquierda,<br />

desesperadamente, mientras gritaba:<br />

—Un momento, por favor.<br />

Al fin encontró el interruptor y lo oprimió; <strong>la</strong> habitación se inundó de luz suave. Saltó de <strong>la</strong><br />

cama, parpadeando, en busca de <strong>la</strong> puerta. Cuando <strong>la</strong> encontró se dispuso a abrir<strong>la</strong>, pero, en el<br />

último instante, recordó <strong>la</strong> prudencia.<br />

—¿Quién es? —preguntó con voz seca y decidida.<br />

—Mi nombre es Dors Venabili —respondió una dulce voz femenina—, y he venido a ver al<br />

doctor Hari Seldon.<br />

Mientras oía estas pa<strong>la</strong>bras, vio a una mujer de pie de<strong>la</strong>nte de <strong>la</strong> puerta sin que ésta hubiera<br />

llegado a abrirse. Por un momento, Hari Seldon <strong>la</strong> miró sorprendido y, de pronto, se dio cuenta<br />

de que sólo llevaba puesta una pieza de ropa interior. Lanzó una exc<strong>la</strong>mación ahogada y corrió<br />

hacia <strong>la</strong> cama; únicamente entonces comprendió que lo que tenía de<strong>la</strong>nte era una holografía.<br />

Carecía del perfil real y se hizo patente que <strong>la</strong> mujer no lo miraba. Se mostraba como<br />

identificación nada más.<br />

Seldon se detuvo, respiró hondo y alzó <strong>la</strong> voz para que se le oyera a través de <strong>la</strong> puerta.<br />

—Si espera un poco me reuniré con usted —dijo—. Deme..., pongamos media hora.<br />

La mujer, o en todo caso <strong>la</strong> holografía, concedió:<br />

—Esperaré. —Y se desvaneció.<br />

No había ducha y, en su lugar, utilizó <strong>la</strong> esponja, llenando de agua el suelo de losetas del rincón<br />

del <strong>la</strong>vabo. Había pasta de dientes, pero no cepillo, así que se los limpió con el dedo. No tenía<br />

otra opción que volver a ponerse <strong>la</strong>s ropas que llevaba el día anterior. Por fin, abrió <strong>la</strong> puerta.<br />

Al hacerlo, se dio cuenta de que el<strong>la</strong> no se había identificado en realidad. Se había limitado a<br />

darle un nombre y Hummin no le había advertido respecto a quién esperar, si iba a ser esa<br />

Dors, o alguien más. Se había sentido seguro porque <strong>la</strong> holografía era <strong>la</strong> de una joven de aspecto<br />

agradable, pero, ¿cómo podía saber si detrás de el<strong>la</strong> había una docena de muchachos hostiles?<br />

Observó, cauteloso, y no vio más que a <strong>la</strong> mujer, sólo entonces abrió <strong>la</strong> puerta del todo para<br />

permitirle <strong>la</strong> entrada. De inmediato cerró con l<strong>la</strong>ve.

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