No digas que fue un sueño - Terenci Moix

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No digas que fue un sueño 215 Terenci Moix Y ahora el último monarca de aquella dudosa estirpe que naciese de un antojo de Alejandro, iba a morir en una Menfis tan devastada como la propia Alejandría y, como ella, destinada a la destrucción total y al olvido de los hombres. En estas meditaciones se encontraba el príncipe cuando la puerta del calabozo se abrió para dar paso a dos soldados de aspecto soñoliento que portaban sendas antorchas. Y su luz, más tenebrosa aún que la propia oscuridad, iluminó de lleno a los dos condenados. Entraron más hombres y luego otros y era como si toda una legión no bastase para dominar a un joven de diecisiete años. Mas no tardaron en comprender que cualquier precaución era innecesaria. La víctima los contemplaba con expresión aterrada, todo su cuerpo temblaba en una única conmoción. Y hasta vieron que había perdido el pudor, pues se estaba orinando. El llamado Cesarión dijo a su compañero: -Enséñame a morir con dignidad, Totmés. ¡Te lo suplico! -No puedo. Porque ni yo ni nadie va a exigírtela. Porque no es necesaria. Porque toda dignidad es mentira en esta hora. Un centurión de rostro macilento y modales groseros tomó una enorme espada de filo negro y ordenó a los demás que acercasen al condenado. Cesarión se desplomó en brazos del amigo. Y pese a la mirada burlona de los romanos continuó llorando y mordiéndose los labios febrilmente, como si intentase despertar de una atroz pesadilla. -Yo he de avanzar contigo -le susurraba Totmés-. Yo estaré a tu lado. Y si tienes miedo yo tendré más. Y si lloras doblaré el caudal de tus lágrimas. Y cuando mueras, yo habré muerto mucho antes. -Dame tu mano, Totmés. Porque en verdad has sido mi hermano. Los vieron avanzar con paso tambaleante entre el pasillo que formaban los soldados. Un pasillo de corazas raídas, rostros mediocres, bocas que despedían la fetidez del vino, pero no sólo de aquella madrugada sino de muchas otras más. Y al ver el espanto reflejado en el rostro de Cesarión, uno de los soldados comentó que los egipcios no sabían morir con prestancia. -¡Esta mierda es el hijo de Julio César y la gran reina Cleopatra! -exclamó otro soldado, escupiendo en el muro. Al oírlo, Cesarión buscó desesperadamente la mirada de su amigo: -No sé qué responderles, Totmés... Las palabras no me salen... -¡Cómo podrían salir, mi pobre hermano! ¡Cómo podrían! Era tal el dolor que le embargaba que clavó las uñas en un brazo desnudo de su príncipe y las hundió todavía más hasta hacerle sangre. Quería infligirle un dolor que, durante unos instantes, distrajese su atención del inmenso dolor que le aguardaba. La espada del centurión cortó en un solo golpe el cuello del príncipe. La cabeza fue a caer sobre el cieno y el cuerpo, así decapitado, se desplomó una vez más en brazos de Totmés, que lo había sostenido hasta entonces. Y él abrazó aquel trozo de carne ensangrentada hasta que lo sintió en lo más profundo de sí mismo. El cielo quedó vacío. El cielo fue una soledad inmensa. El cielo era una injusticia concebida por dioses burlones. Dioses egipcios, dioses griegos, dioses de Asia. No importaba su ascendencia. El cielo sólo era la boca inepta de un pobre mudo. -¡Ah, crueles! -exclamó Totmés-. ¿Queréis dejarme con vida cuando todo mi mundo está muriendo a mi alrededor?

No digas que fue un sueño 216 Terenci Moix Amanecía ya al otro lado del río. La gran nave dorada de Ra había vencido a los demonios de la noche y se disponía a revitalizar el mundo con sus rayos. Pero en el alma de Totmés sólo había muerte. Y en sus oídos las groseras imprecaciones de los legionarios, que ya estaban sacando a los otros condenados para conducirlos a los límites del desierto, donde habían sido emplazadas las cruces. Totmés se vio arrastrado hacia la fila siniestra. Y en la piel oscura de aquellos hombres, en sus facciones cortadas por cuchillos de agonía, reconoció todos los rostros de Egipto. Y supo que estaba entre los suyos, y junto a ellos avanzó hasta los inmensos arenales, empujado por los legionarios romanos, golpeado a cada síntoma de debilidad, insultado incluso. Continuaron avanzando por la arena. El sol, que en el valle fuese tan agradable, tenía allí una intensidad que quemaba los hombros desnudos y arrancaba la piel a tiras, como las tenazas que utilizan los curtidores. Y Totmés cayó varias veces sobre la arena y cada vez sintió la violencia del látigo sobre sus espaldas. Cuando llegaron a la zona de la ejecución, elevó los ojos al cielo y esperó una respuesta. Sólo oía los gemidos de las víctimas y el martilleo de los soldados, que empezaban a clavarlos en los maderos. El cielo continuaba mudo. Y otros soldados ya habían terminado de cavar los hoyos donde debían ser plantadas las cruces. El sol ponía entre Totmés y el mundo una cortina de niebla ardiente, caliginosa, que hacia vacilar las formas como si fuesen objetos entrevistos desde el fondo de un estanque. Pero en la inmensa soledad del desierto, soledad apenas interrumpida por los condenados y sus verdugos, se perfilaban ahora unas formas que no por lo difusas dejaban de ser familiares. Eran líneas abstractas que, al concretarse, formaban una especie de escalera levantada hacia el cielo. Líneas ascendentes de tres moles gigantescas, tan antiguas como el nacimiento de los dioses. Pero Totmés no pudo ver más. Los soldados le desnudaron y le obligaron a tenderse sobre un madero. Acto seguido, con la rapidez de la rutina, le atravesaron las muñecas con dos clavos y, cuando todavía estaba gimiendo en los estertores de aquel dolor atroz, sintió que le izaban con cuerdas poderosas hasta que el madero quedó fijado en el árbol de la cruz. Entonces clavaron sus pies en él y reconocieron que acababan de hacer un buen trabajo. En la inmensa soledad del suplicio Totmés buscó un recuerdo al que acogerse. Pero a su alrededor todo era desolación. La soledad acababa triunfando incluso sobre la agonía. No tenia a nadie a quién dirigirse: los seres que habían poblado su vida desaparecían, prisioneros del tiempo, víctimas de la desolación del tiempo, perdidos para siempre en el olvido. Y lloró con mayor amargura al comprender que la nada acabaría triunfando sobre el mundo que había conocido. Intentó alzar la cabeza, dirigir los ojos hacia el sol divino, embeberse con su fuerza antes de iniciar su viaje a las oscuras cavernas que no tienen regreso. Pero el sol brillaba con tanta intensidad que le cegó completamente. Y al cabo de unas horas todo su cuerpo era una brasa encendida, una ampolla enorme, a punto de reventar y más dolorida por no hacerlo. Súbitamente, las tres moles gigantescas que había entrevisto antes de que le clavasen en la cruz volvieron a insinuarse en la distancia. No le eran desconocidas. Por el contrario, surgían como una memoria muy lejana, recordándole algo que se le apareció en la remota pureza de su adolescencia, cuando los sacerdotes le confiaron a la Gran Revelación. Una luz más intensa que el propio sol, más ambigua que los propios dioses; una luz que no estaba supeditada a las necesidades de los hombres, ni siquiera a los antojos del tiempo.

<strong>No</strong> <strong>digas</strong> <strong>que</strong> <strong>fue</strong> <strong>un</strong> <strong>sueño</strong><br />

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<strong>Terenci</strong> <strong>Moix</strong><br />

Amanecía ya al otro lado del río. La gran nave dorada de Ra había vencido a los<br />

demonios de la noche y se disponía a revitalizar el m<strong>un</strong>do con sus rayos. Pero en el alma<br />

de Totmés sólo había muerte. Y en sus oídos las groseras imprecaciones de los<br />

legionarios, <strong>que</strong> ya estaban sacando a los otros condenados para conducirlos a los<br />

límites del desierto, donde habían sido emplazadas las cruces.<br />

Totmés se vio arrastrado hacia la fila siniestra. Y en la piel oscura de a<strong>que</strong>llos<br />

hombres, en sus facciones cortadas por cuchillos de agonía, reconoció todos los rostros<br />

de Egipto. Y supo <strong>que</strong> estaba entre los suyos, y j<strong>un</strong>to a ellos avanzó hasta los inmensos<br />

arenales, empujado por los legionarios romanos, golpeado a cada síntoma de debilidad,<br />

insultado incluso.<br />

Continuaron avanzando por la arena. El sol, <strong>que</strong> en el valle <strong>fue</strong>se tan agradable, tenía<br />

allí <strong>un</strong>a intensidad <strong>que</strong> <strong>que</strong>maba los hombros desnudos y arrancaba la piel a tiras, como<br />

las tenazas <strong>que</strong> utilizan los curtidores. Y Totmés cayó varias veces sobre la arena y cada<br />

vez sintió la violencia del látigo sobre sus espaldas.<br />

Cuando llegaron a la zona de la ejecución, elevó los ojos al cielo y esperó <strong>un</strong>a<br />

respuesta. Sólo oía los gemidos de las víctimas y el martilleo de los soldados, <strong>que</strong><br />

empezaban a clavarlos en los maderos. El cielo continuaba mudo. Y otros soldados ya<br />

habían terminado de cavar los hoyos donde debían ser plantadas las cruces.<br />

El sol ponía entre Totmés y el m<strong>un</strong>do <strong>un</strong>a cortina de niebla ardiente, caliginosa, <strong>que</strong><br />

hacia vacilar las formas como si <strong>fue</strong>sen objetos entrevistos desde el fondo de <strong>un</strong><br />

estan<strong>que</strong>. Pero en la inmensa soledad del desierto, soledad apenas interrumpida por los<br />

condenados y sus verdugos, se perfilaban ahora <strong>un</strong>as formas <strong>que</strong> no por lo difusas<br />

dejaban de ser familiares.<br />

Eran líneas abstractas <strong>que</strong>, al concretarse, formaban <strong>un</strong>a especie de escalera<br />

levantada hacia el cielo. Líneas ascendentes de tres moles gigantescas, tan antiguas<br />

como el nacimiento de los dioses.<br />

Pero Totmés no pudo ver más. Los soldados le desnudaron y le obligaron a tenderse<br />

sobre <strong>un</strong> madero. Acto seguido, con la rapidez de la rutina, le atravesaron las muñecas<br />

con dos clavos y, cuando todavía estaba gimiendo en los estertores de a<strong>que</strong>l dolor atroz,<br />

sintió <strong>que</strong> le izaban con cuerdas poderosas hasta <strong>que</strong> el madero <strong>que</strong>dó fijado en el árbol<br />

de la cruz. Entonces clavaron sus pies en él y reconocieron <strong>que</strong> acababan de hacer <strong>un</strong><br />

buen trabajo.<br />

En la inmensa soledad del suplicio Totmés buscó <strong>un</strong> recuerdo al <strong>que</strong> acogerse. Pero a<br />

su alrededor todo era desolación. La soledad acababa tri<strong>un</strong>fando incluso sobre la agonía.<br />

<strong>No</strong> tenia a nadie a quién dirigirse: los seres <strong>que</strong> habían poblado su vida desaparecían,<br />

prisioneros del tiempo, víctimas de la desolación del tiempo, perdidos para siempre en el<br />

olvido. Y lloró con mayor amargura al comprender <strong>que</strong> la nada acabaría tri<strong>un</strong>fando sobre<br />

el m<strong>un</strong>do <strong>que</strong> había conocido.<br />

Intentó alzar la cabeza, dirigir los ojos hacia el sol divino, embeberse con su <strong>fue</strong>rza<br />

antes de iniciar su viaje a las oscuras cavernas <strong>que</strong> no tienen regreso. Pero el sol brillaba<br />

con tanta intensidad <strong>que</strong> le cegó completamente. Y al cabo de <strong>un</strong>as horas todo su cuerpo<br />

era <strong>un</strong>a brasa encendida, <strong>un</strong>a ampolla enorme, a p<strong>un</strong>to de reventar y más dolorida por<br />

no hacerlo.<br />

Súbitamente, las tres moles gigantescas <strong>que</strong> había entrevisto antes de <strong>que</strong> le<br />

clavasen en la cruz volvieron a insinuarse en la distancia. <strong>No</strong> le eran desconocidas. Por el<br />

contrario, surgían como <strong>un</strong>a memoria muy lejana, recordándole algo <strong>que</strong> se le apareció<br />

en la remota pureza de su adolescencia, cuando los sacerdotes le confiaron a la Gran<br />

Revelación. Una luz más intensa <strong>que</strong> el propio sol, más ambigua <strong>que</strong> los propios dioses;<br />

<strong>un</strong>a luz <strong>que</strong> no estaba supeditada a las necesidades de los hombres, ni siquiera a los<br />

antojos del tiempo.

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